Santa Clara de Asís

11.08.2026

Santa Clara de Asís: la joven que eligió la luz

En la ciudad de Asís, en Italia, hacia finales del siglo XII, nació una niña llamada Clara. Pertenecía a una familia noble y creció rodeada de comodidades, pero desde muy pequeña había algo en su corazón que no podía explicarse fácilmente.

Mientras otros soñaban con riquezas, fiestas y un buen matrimonio, Clara buscaba algo diferente. Le gustaba el silencio, la oración y, sobre todo, ayudar a los pobres.

Su corazón comenzó a preguntarse:

—¿Será esto todo lo que la vida tiene para ofrecer?

Clara sentía que Dios la llamaba a una vida distinta.

El encuentro que cambió su vida

Cuando era joven escuchó hablar de un muchacho de Asís que había decidido dejarlo todo para seguir a Jesús de una manera nueva.

Se llamaba Francisco.

Francisco había renunciado a las riquezas de su familia y había comenzado a vivir entre los pobres, anunciando el Evangelio con alegría y sencillez.

Clara quiso conocerlo.

Al encontrarse con Francisco, descubrió que aquello que llevaba tiempo buscando tenía un nombre: Jesucristo.

Francisco la ayudó a comprender que no necesitaba poseer muchas cosas para ser feliz. La verdadera riqueza estaba en entregar el corazón a Dios.

Clara tomó entonces una decisión que sorprendió a todos.

La noche de la gran decisión

La noche del Domingo de Ramos de 1212, Clara salió de su casa en secreto.

Tenía apenas dieciocho años.

Llegó hasta la pequeña iglesia de Santa María de los Ángeles, la Porciúncula, donde Francisco y sus hermanos la esperaban.

Allí dejó sus vestidos elegantes y recibió el sencillo hábito de quien quería vivir para Cristo.

Francisco le cortó el cabello.

Aquella joven perteneciente a una familia noble había elegido ser pobre por amor.

Pero Clara no escapaba de la vida.

Estaba comenzando una vida nueva.

Después se refugió en el monasterio de San Damián, aquel pequeño lugar que Francisco había reconstruido.

Allí comenzó a reunirse con otras mujeres que también querían seguir a Jesús.

Con el tiempo nació una nueva familia: las Hermanas Pobres de Santa Clara, conocidas posteriormente como las clarisas.

Una mujer fuerte detrás de una vida sencilla

Clara vivió durante muchos años en San Damián.

No tuvo grandes riquezas, ni poder político, ni ejércitos.

Sin embargo, fue una mujer profundamente fuerte.

Defendió con firmeza el derecho de sus hermanas a vivir en pobreza y confiar en Dios.

Cuando quisieron imponerle una forma de vida que no correspondía con su vocación, Clara insistió con valentía.

Su fuerza no estaba en levantar la voz.

Estaba en permanecer fiel.

La mujer que miraba a Cristo

Clara tenía una manera muy especial de vivir la oración.

Invitaba a sus hermanas a mirar a Jesús y dejarse transformar por Él.

Para Clara, contemplar a Cristo era como mirarse en un espejo.

No se trataba solamente de rezar muchas horas.

Era aprender a mirar la propia vida con los ojos de Jesús.

Por eso su vida fue sencilla, pero profundamente luminosa.

La noche en que Asís fue protegido

Existe una hermosa tradición sobre un momento en que Clara se encontraba enferma y débil en San Damián.

Una noche, un grupo de hombres intentó entrar al monasterio.

Clara tomó en sus manos el Santísimo Sacramento y se puso a rezar.

Según la tradición, aquellos hombres se retiraron.

Para Clara, la verdadera fuerza no estaba en las armas.

Estaba en la confianza en Dios.

Su vida entera fue un testimonio de esa confianza.

Clara y Francisco

Francisco y Clara tuvieron una profunda amistad espiritual.

No fue una amistad basada simplemente en afectos humanos.

Los unía un mismo deseo: vivir el Evangelio con sencillez y seguir a Cristo pobre y humilde.

Francisco veía en Clara una mujer de gran fe.

Clara veía en Francisco a un hermano que la ayudaba a descubrir cada día el camino del Evangelio.

Ambos comprendieron que la santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en amar profundamente y vivir con fidelidad aquello que Dios nos pide.

El último encuentro

Francisco murió en 1226.

Clara sintió profundamente su partida.

Pero no abandonó el camino que habían comenzado juntos.

Continuó acompañando a sus hermanas, rezando, sirviendo y confiando en Dios.

Durante los últimos años de su vida estuvo enferma y con grandes sufrimientos.

Sin embargo, quienes la conocieron descubrieron que aquella mujer débil físicamente tenía un corazón lleno de esperanza.

Antes de morir, Clara pudo recibir la aprobación de su propia forma de vida.

Era el reconocimiento de aquello por lo que había luchado durante tantos años: vivir el Evangelio en pobreza, fraternidad y libertad.

El 11 de agosto de 1253, Clara murió en San Damián.

Tenía 59 años.

Una luz que todavía permanece

Dos años después de su muerte, Clara fue canonizada.

Pero su historia no quedó encerrada en un monasterio.

Su luz atravesó los siglos.

Por su relación con un episodio en el que, según la tradición, pudo contemplar desde su celda la celebración litúrgica de los hermanos, Santa Clara es venerada como patrona de la televisión y de las telecomunicaciones.

Y quizá haya algo profundamente hermoso en esto.

Clara fue una mujer que supo mirar.

Miró a Cristo.

Miró a los pobres.

Miró el sufrimiento de su tiempo.

Y, sobre todo, aprendió a mirar con los ojos del corazón.

Hoy, en un mundo lleno de imágenes, pantallas y mensajes, Santa Clara nos recuerda que no todo lo que vemos ilumina.

Hay que aprender a buscar la verdadera Luz.

Y esa Luz, para Clara, tenía un rostro:

Jesucristo.

Por eso, cada vez que miramos la vida de Santa Clara, podemos escuchar nuevamente aquella invitación silenciosa que marcó toda su existencia:

Mirá a Cristo, seguí sus pasos y dejá que su luz ilumine tu vida.

Santa Clara de Asís, mujer de contemplación, pobreza, valentía y fraternidad, sigue caminando junto a nosotros.

Su vida nos enseña que una persona que se entrega completamente a Dios puede convertirse, sin hacer ruido, en una luz para generaciones enteras.

Santa Clara, mujer de luz, enseñanos a mirar a Cristo y a llevar su luz allí donde estemos.

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