Madre Teresa de Calcuta, Un corazón que supo ver a Cristo

05.09.2026

Cuando miramos la vida de la Madre Teresa de Calcuta, encontramos un testimonio que puede tocar profundamente el corazón franciscano. Ella vivió en un tiempo, en una realidad y con una misión diferente a la de San Francisco de Asís, pero en ambos encontramos algo esencial: un corazón que aprendió a despojarse para poder amar.

San Francisco descubrió que para seguir a Cristo debía dejar atrás muchas seguridades. Se despojó de sus riquezas, de sus proyectos y de aquello que podía poner distancia entre él y los demás. La Madre Teresa también eligió el camino del despojo. Dejó una vida cómoda y segura para acercarse a los más pobres, a los enfermos, a quienes nadie quería mirar, a quienes muchas veces habían quedado olvidados al margen de la sociedad.

Y ahí aparece algo profundamente franciscano: la pobreza no como una simple carencia, sino como un espacio donde aprendemos a confiar en Dios y a acercarnos al hermano.

Francisco supo descubrir en el leproso un rostro que antes le resultaba difícil aceptar. Después de encontrarse con él, su corazón cambió. La Madre Teresa hizo algo parecido durante toda su vida: salió al encuentro de aquellos que provocaban rechazo, de los que estaban solos, enfermos, abandonados y muriendo en las calles. Ella no veía solamente una persona necesitada de ayuda. Veía a Cristo.

Su mirada tenía algo que también nosotros necesitamos recuperar. No preguntaba primero qué había hecho aquella persona, de dónde venía o por qué había llegado a esa situación. Primero veía al hermano. Y en ese hermano reconocía una presencia sagrada.

Tal vez ahí está una de las grandes preguntas que la Madre Teresa puede hacernos hoy a quienes llevamos un corazón franciscano:

¿A quién estoy dejando de mirar?
¿A quién estoy pasando por delante sin detenerme?
¿En qué rostro me está esperando Cristo?

También conmueve verla sonreír. Su sonrisa no significa que no haya conocido el dolor. Al contrario, conoció profundamente el sufrimiento, el cansancio, la incomprensión y las dificultades. Pero eligió que su rostro no fuera una barrera para el otro. Su sonrisa se convirtió en una forma de amar.

Y esto también nos habla a los franciscanos. Francisco tenía una alegría que no dependía de que todo saliera bien. Era la alegría de quien había encontrado un tesoro más grande que cualquier dificultad: Cristo y el Evangelio.

La Madre Teresa nos recuerda que podemos servir aun cuando estamos cansados, que podemos amar aun cuando las circunstancias son difíciles y que podemos ofrecer una sonrisa aun cuando llevamos nuestras propias preocupaciones en el corazón.

Quizás hoy no estamos llamados a hacer exactamente lo que hizo San Francisco ni lo que hizo la Madre Teresa. Pero sí estamos llamados a vivir la misma lógica del Evangelio: despojarnos de nosotros mismos, acercarnos al que sufre, mirar al hermano con misericordia y descubrir en él el rostro de Jesús.

El corazón franciscano tiene que aprender nuevamente a mirar.

Mirar al pobre.
Mirar al enfermo.
Mirar al que está solo.
Mirar al que nadie escucha.
Mirar incluso a aquel que nos cuesta comprender.

Porque quizás allí, precisamente allí, Cristo nos está esperando. 

La Madre Teresa puede llegar hoy a nuestro corazón franciscano como una invitación sencilla y exigente: menos nosotros y más el hermano; menos comodidad y más entrega; menos palabras y más servicio; menos miedo y más amor.

Y cuando el camino se haga difícil, quizá podamos recordar su sonrisa. No como una sonrisa ingenua que desconoce el sufrimiento, sino como la sonrisa de quien, aun atravesando momentos oscuros, decidió seguir diciendo con su vida:

"Vale la pena amar. Vale la pena servir. Vale la pena ver a Cristo en el hermano."

Que San Francisco nos enseñe a vivir el despojo con alegría y que la Madre Teresa nos enseñe a llevar ese amor hasta las periferias de la vida, especialmente allí donde nadie quiere estar.

Porque cuando aprendemos a mirar al hermano con los ojos de Cristo, la pobreza deja de ser solamente algo que contemplamos y se convierte en una llamada a amar.

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