Evangelio del día: Mateo 23, 1-12
22.08.2026

Evangelio según San Mateo 23,1-12
Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos:
"Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés;
ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen.
Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo.
Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos;
les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas,
ser saludados en las plazas y oírse llamar 'mi maestro' por la gente.
En cuanto a ustedes, no se hagan llamar 'maestro', porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos.
A nadie en el mundo llamen 'padre', porque no tienen sino uno, el Padre celestial.
No se dejen llamar tampoco 'doctores', porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías.
Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros,
porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado".
Palabra del Señor.
Reflexión
Este Evangelio nos invita a mirar hacia adentro y a preguntarnos con sinceridad cómo estamos viviendo aquello que decimos creer. Jesús pone el acento en algo fundamental: la coherencia entre la palabra y la vida. No alcanza con conocer el Evangelio, hablar de Dios o enseñar a los demás; el desafío verdadero es dejar que el Evangelio transforme nuestra manera de vivir.
Y aquí aparece una pregunta muy franciscana: ¿qué pasa cuando el Evangelio deja de ser solamente algo que conocemos y se convierte en una forma de vida?
San Francisco de Asís entendió que seguir a Jesús no consistía solamente en hablar de Él, sino en vivir el Evangelio con sencillez, fraternidad, humildad y servicio. Por eso, para nosotros, el camino franciscano tiene mucho que ver con esa coherencia: llevar el Evangelio a la vida y llevar la vida al Evangelio.
Llevar el Evangelio a la vida significa que aquello que escuchamos cada día tiene que tocar nuestras decisiones, nuestras relaciones, nuestras palabras, nuestras actitudes y hasta nuestras maneras de reaccionar. El Evangelio tiene que entrar en la casa, en el trabajo, en la fraternidad, en la parroquia, en la familia, en nuestras dificultades y también en nuestras heridas.
Pero también necesitamos hacer el camino inverso: llevar nuestra vida al Evangelio. Poner delante de Jesús aquello que somos realmente: nuestras alegrías, cansancios, contradicciones, enojos, luchas, heridas, proyectos y limitaciones. No presentarnos ante Él como si tuviéramos todo resuelto, sino como hermanos que están aprendiendo a caminar.
Porque allí aparece la verdadera coherencia.
No se trata de aparentar que somos buenos cristianos o buenos franciscanos. Se trata de permitir que el Evangelio vaya cambiando poco a poco nuestro corazón.
Podemos saber mucho, participar mucho, servir mucho y hasta hablar muy bien de Dios; pero si nuestras palabras no se reflejan en nuestra manera de tratar a los demás, algo necesita ser revisado.
El Evangelio de hoy también nos invita a mirar nuestra necesidad de reconocimiento. A veces hacemos cosas buenas, pero esperamos que nos agradezcan. Servimos, pero queremos que se note. Ayudamos, pero nos duele cuando nadie lo reconoce. Ocupamos un lugar y podemos terminar creyendo que ese lugar nos hace más importantes.
Francisco de Asís eligió otro camino: el camino de la minoridad, de hacerse pequeño, de no ponerse por encima del hermano. No porque el hermano valga menos, sino porque descubrió que delante de Dios todos somos hermanos y que nadie necesita ser más que otro.
Qué hermoso sería que nuestra manera de vivir la fe tuviera ese espíritu: menos necesidad de sobresalir y más deseo de servir; menos preocupación por ser reconocidos y más preocupación por hacer el bien; menos palabras sobre fraternidad y más gestos concretos de fraternidad.
Porque la fraternidad no se anuncia solamente. Se construye.
Se construye cuando tenemos paciencia con quien piensa distinto. Cuando dejamos de juzgar tan rápido. Cuando sabemos pedir perdón. Cuando podemos reconocer que nos equivocamos. Cuando acompañamos al hermano que está pasando un momento difícil. Cuando servimos sin preguntar qué recibiremos a cambio.
También cuando somos capaces de cargar un poco con la vida del otro.
Jesús critica con fuerza a quienes ponen cargas sobre los demás pero no ayudan a llevarlas. Y esto también nos toca. Una comunidad cristiana, una fraternidad franciscana, una familia, no puede ser un lugar donde solamente se exige. Tiene que ser un espacio donde podamos decir: “No estás solo, caminemos juntos”.
Ese es un Evangelio muy concreto.
Quizás nuestra misión no sea hacer grandes cosas, sino vivir de una manera diferente las pequeñas cosas de todos los días. La forma en que hablamos, cómo tratamos a quien piensa distinto, cómo respondemos cuando nos contradicen, cómo acompañamos al que necesita, cómo manejamos nuestras responsabilidades, cómo reaccionamos cuando no nos reconocen.
Ahí se juega nuestra coherencia.
Porque es muy fácil ser franciscano con una insignia, una imagen, una canción, una celebración o una actividad. Lo difícil —y lo verdaderamente hermoso— es ser franciscano cuando nadie nos está mirando.
Ser hermanos cuando estamos cansados.
Ser servidores cuando no nos agradecen.
Ser humildes cuando tenemos razón.
Ser misericordiosos cuando podríamos juzgar.
Ser pacientes cuando nos cuesta.
Elegir la paz cuando podríamos responder con enojo.
Ahí el Evangelio comienza a hacerse vida.
Y cuando el Evangelio se hace vida, también nuestra vida se convierte en una manera de anunciar a Cristo.
No necesitamos demostrar demasiado. Una vida coherente habla por sí misma.
Que podamos mirar a San Francisco y recordar que el Evangelio no es solamente un libro que escuchamos: es un camino que caminamos.
Que cada día podamos hacer ese movimiento sencillo y profundo: llevar el Evangelio a nuestra vida y llevar nuestra vida al Evangelio. Presentarle al Señor lo que somos y permitir que su Palabra transforme aquello que todavía necesita ser transformado.
Que nuestra fraternidad no sea solamente un lugar donde nos reunimos, sino una familia donde aprendemos a servirnos, sostenernos y caminar juntos.
Y que, al final, nuestra vida pueda decir aquello que nuestras palabras muchas veces intentan expresar: que hemos encontrado en Cristo un camino de fraternidad, sencillez, humildad y servicio.
Ese es quizás uno de los mayores desafíos del Evangelio de hoy: no parecer cristianos, sino vivir como discípulos; no parecer franciscanos, sino vivir como hermanos.
Oración
Señor Jesús,
ayúdanos a vivir el Evangelio con el corazón y no solamente con las palabras.
Danos la humildad de San Francisco,
para no buscar los primeros lugares,
sino estar siempre dispuestos a servir,
acompañar y caminar junto a nuestros hermanos.
Que podamos llevar el Evangelio a nuestra vida
y nuestra vida al Evangelio,
dejando que tu Palabra transforme nuestras actitudes,
nuestras palabras y nuestras decisiones.
Líbranos de querer aparentar lo que no somos.
Haznos sencillos, coherentes y fraternos,
capaces de pedir perdón, de perdonar
y de tender la mano a quien lo necesita.
Señor, que nuestra vida hable de Ti,
que nuestro servicio sea hecho con amor
y que, como Francisco,
podamos descubrirte en cada hermano.
Haznos instrumentos de tu paz,
servidores humildes
y verdaderos hermanos.
Amén.

