Evangelio del día: Mateo 20, 1-16a
19.08.2026

Evangelio según San Mateo 20,1-16a
porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña.
Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña.
Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza,
les dijo: 'Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo'.
Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: '¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?'.
Ellos les respondieron: 'Nadie nos ha contratado'. Entonces les dijo: 'Vayan también ustedes a mi viña'.
Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: 'Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros'.
Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario.
Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario.
Y al recibirlo, protestaban contra el propietario,
diciendo: 'Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada'.
El propietario respondió a uno de ellos: 'Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario?
Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti.
¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?'.
Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos».
Palabra del Señor
Reflexión
Este Evangelio nos muestra a un Dios que sale una y otra vez a nuestro encuentro. El dueño de la viña no se queda esperando que los trabajadores vengan a buscarlo. Él sale de madrugada, vuelve a media mañana, al mediodía, a media tarde y hasta cuando ya está terminando el día. Siempre está buscando a alguien para invitarlo a trabajar en su viña.
Y hay algo muy lindo en esto: Dios nunca se cansa de llamarnos.
Quizás algunos sienten que comenzaron temprano en el camino de la fe. Desde chicos estuvieron en la Iglesia, sirvieron, rezaron, participaron, dieron su tiempo y pusieron sus dones al servicio de los demás. Otros, en cambio, llegaron más tarde. Tal vez después de muchos años, después de una dificultad, de una pérdida, de un encuentro, de una persona que los acercó a Dios. Y también están aquellos que todavía sienten que nadie los llamó, como aquellos trabajadores que estaban en la plaza y dijeron: “Nadie nos ha contratado”.
Qué fuerte esa frase. “Nadie nos ha contratado.”
Hay personas que pasan mucho tiempo sintiendo que no tienen un lugar, que no son importantes, que nadie las necesita. Personas que miran cómo otros avanzan y piensan que para ellas ya es demasiado tarde.
Pero Jesús nos dice que para Dios nunca es demasiado tarde.
El dueño de la viña sigue saliendo. Sigue buscando. Sigue llamando. Aunque quede poco tiempo, aunque parezca que ya no tiene sentido comenzar, Dios dice: “Vayan también ustedes a mi viña”.
Y cuando llega la hora de pagar, aparece aquello que tanto nos cuesta comprender. Los que trabajaron todo el día reciben un denario, pero también reciben lo mismo los que llegaron al final.
Los primeros se enojan.
Y quizás los entendemos, porque muchas veces nosotros también pensamos así: “Yo hice tanto, yo estuve siempre, yo me esforcé, yo puse el hombro... ¿cómo puede ser que a aquel que recién llegó se le dé lo mismo?”
Nos cuesta aceptar que el amor de Dios no funciona como nuestras cuentas.
Nosotros muchas veces medimos, comparamos y hacemos balances: quién hizo más, quién estuvo más tiempo, quién se sacrificó más, quién merece más reconocimiento. Incluso dentro de nuestras comunidades podemos caer en eso. Podemos mirar al hermano que recién llega y pensar que no hizo todavía lo que nosotros hicimos.
Pero Jesús nos invita a mirar de otra manera.
El bien que Dios le da a otro no nos quita nada de lo que Dios nos dio a nosotros.
El problema de aquellos trabajadores no era haber recibido poco. Habían recibido exactamente lo que habían acordado. El problema comenzó cuando compararon su regalo con el regalo del otro.
Y cuántas veces nos pasa lo mismo.
Dejamos de agradecer por lo que tenemos porque miramos lo que tiene el otro. Dejamos de alegrarnos por el hermano porque sentimos que recibió más. Nos cuesta celebrar cuando alguien que llegó después es valorado, cuando alguien que estuvo lejos vuelve, cuando alguien que recién comienza encuentra un lugar.
Jesús nos pregunta con mucha sencillez:
“¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”
Esa pregunta puede quedarse hoy en nuestro corazón.
¿Por qué nos cuesta tanto alegrarnos cuando Dios es bueno con otro?
Quizás porque todavía pensamos que el amor hay que ganárselo. Pero Dios no ama porque hayamos trabajado más horas. Dios ama porque es Padre.
Y como Padre, quiere que todos tengan un lugar en su viña.
Este Evangelio también nos ayuda a mirar a aquellos que llegan tarde. No para juzgarlos, sino para recibirlos. Quizás nosotros conocemos personas que estuvieron alejadas de la Iglesia, personas que se equivocaron, que tomaron caminos distintos, que durante mucho tiempo no encontraron su lugar. Cuando regresan, necesitamos tener un corazón capaz de recibirlas con alegría.
No podemos decirles: “¿Ahora venís?”
El corazón de Dios dice: “Qué alegría que llegaste.”
Eso es lo que Jesús nos enseña.
La viña es grande y hay lugar para todos. Para el que comenzó temprano y para el que recién está dando sus primeros pasos. Para el que tiene mucha experiencia y para el que todavía está aprendiendo. Para el que siempre estuvo y para el que vuelve después de mucho tiempo.
Y también hay una invitación para nosotros: no mirar al otro desde la comparación, sino desde la fraternidad.
En una comunidad, en una fraternidad, en una familia, no estamos para competir por quién hace más. Estamos para ayudarnos a llegar juntos.
Tal vez alguien hoy está cansado y necesita que lo animemos. Tal vez otro siente que no sirve para nada y necesita escuchar que tiene un lugar. Tal vez alguien que se había alejado está esperando que alguien le abra nuevamente la puerta.
Quizás esa sea nuestra tarea: ser también nosotros parte de esa invitación de Dios.
Salir al encuentro. Llamar. Animar. Dar lugar. No dejar a nadie en la plaza sintiendo que nadie lo necesita.
Y hay algo más profundo todavía: este Evangelio nos recuerda que Dios mira el corazón y no nuestro reloj.
Nosotros miramos cuánto hicimos. Dios mira cuánto amor pusimos.
Nosotros miramos cuándo comenzó alguien. Dios mira que finalmente haya llegado.
Nosotros miramos los años. Dios mira la respuesta.
Por eso, nunca debemos pensar que nuestra historia está perdida. Si sentimos que llegamos tarde, Dios todavía nos está llamando. Si pensamos que hemos perdido oportunidades, la puerta de la viña sigue abierta. Si creemos que ya no podemos aportar nada, Dios todavía tiene un lugar para nosotros.
Y si alguna vez sentimos que fuimos los primeros, que estuvimos siempre, que cargamos mucho peso, también necesitamos pedirle al Señor un corazón generoso para alegrarnos por los que llegan después.
Porque al final, la alegría no está en ser los primeros, sino en saber que todos somos llamados a compartir la misma viña y el mismo amor del Padre.
Que hoy podamos dejar de compararnos y comenzar a agradecer.
Que podamos alegrarnos por el hermano.
Que podamos recibir al que llega.
Que podamos tender la mano al que siente que nadie lo llamó.
Y que, cuando Dios nos pregunte “¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”, podamos responderle con humildad:
Oración
“Señor, enseñame a alegrarme con tu bondad, aunque no siempre la entienda. Enseñame a no comparar, a no juzgar y a reconocer que en tu viña hay lugar para todos. Y cuando llegue mi hermano, ayudame a recibirlo con alegría, porque también él es parte de tu familia.”

