Evangelio del día: Mateo 19, 23-30
18.08.2026

Evangelio según San Mateo 19,23-30
Jesús dijo entonces a sus discípulos: "Les aseguro que difícilmente un rico entrará en el Reino de los Cielos.
Sí, les repito, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos".
Los discípulos quedaron muy sorprendidos al oír esto y dijeron: "Entonces, ¿quién podrá salvarse?".
Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: "Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible".
Pedro, tomando la palabra, dijo: "Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?".
Jesús les respondió: "Les aseguro que en la regeneración del mundo, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, que me han seguido, también se sentarán en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.
Y el que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna.
Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros.
Palabra del Señor.
Reflexión
Este Evangelio puede parecernos duro. Jesús habla de las riquezas, del camello que intenta pasar por el ojo de una aguja, y hasta los discípulos quedan desconcertados: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?».
Pero Jesús no está diciendo que tener bienes sea malo, ni que una persona rica esté condenada. Lo que pone en cuestión es qué lugar ocupan las cosas en nuestro corazón. Porque podemos tener poco y estar aferrados a mucho. Y también podemos tener bienes y saber compartirlos con generosidad.
El problema no está solamente en lo que tenemos, sino en aquello que termina teniéndonos a nosotros.
A veces nos aferramos al dinero, a una casa, a un trabajo, a nuestras seguridades, a nuestros proyectos, a una posición, al reconocimiento de los demás. Otras veces nos aferramos incluso a nuestras propias ideas: queremos que todo sea como nosotros pensamos, que los demás actúen como esperamos, que las cosas salgan según nuestros planes.
Y cuando el corazón se llena de tantas seguridades, puede quedar poco espacio para Dios.
Jesús nos invita hoy a preguntarnos con sinceridad:
¿Qué cosas me cuesta soltar?
¿Qué me da miedo perder?
¿En qué pongo mi seguridad?
¿Confío verdaderamente en Dios o solamente cuando todo está bajo control?
Porque seguir a Jesús implica aprender a vivir con las manos abiertas.
Las manos cerradas quieren retener. Las manos abiertas saben recibir y también saben dar.
Y quizás esta sea una de las grandes enseñanzas de este Evangelio: no se trata de tener menos por tener menos, sino de aprender a necesitar menos para poder amar más.
Podemos tener una casa y convertirla en un lugar de encuentro. Podemos tener dinero y utilizarlo para ayudar. Podemos tener conocimientos y compartirlos. Podemos tener tiempo y regalarlo a quien necesita ser escuchado. Podemos tener talentos y ponerlos al servicio de los demás.
El problema aparece cuando empezamos a pensar: «Esto es mío y solamente mío». Cuando dejamos de compartir, cuando nos volvemos indiferentes frente a la necesidad del hermano, cuando acumulamos mientras otros carecen de lo necesario.
Jesús nos propone otra manera de vivir: que nuestras cosas sean instrumentos de amor y no cadenas que nos esclavicen.
Y entonces aparece una de las frases más hermosas del Evangelio:
«Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible».
Qué importante es escuchar esto cuando sentimos que no podemos cambiar.
Quizás alguno piense: «Yo soy así y no voy a cambiar».
«Siempre fui egoísta».
«Me cuesta compartir».
«Me cuesta confiar».
«Tengo miedo de quedarme sin nada».
«No sé cómo empezar de nuevo».
Jesús nos dice: para Dios todo es posible.
No tenemos que salvarnos solos. No tenemos que transformar nuestro corazón solamente con nuestras propias fuerzas. Dios puede hacer nacer en nosotros una libertad nueva.
Puede enseñarnos a confiar.
Puede enseñarnos a desprendernos.
Puede enseñarnos a compartir.
Puede enseñarnos a mirar al hermano no como una amenaza, ni como alguien que viene a quitarnos algo, sino como alguien con quien podemos caminar.
Después aparece Pedro y hace una pregunta que también nosotros podríamos hacer:
«Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?»
Pedro habla desde su experiencia. Ha dejado cosas, ha tomado decisiones, ha comenzado un camino con Jesús. Y, como cualquier persona, quiere saber qué recibirá a cambio.
Jesús le muestra que seguirlo vale mucho más que cualquier recompensa inmediata.
Porque quien se entrega por amor nunca queda con las manos vacías.
Quizás perdamos algunas comodidades. Quizás tengamos que renunciar a ciertas cosas. Quizás seguir a Jesús nos lleve por caminos que no habíamos imaginado. Pero recibimos algo que ninguna riqueza puede comprar: una vida con sentido, una comunidad, hermanos, esperanza y, sobre todo, la presencia de Dios caminando con nosotros.
Y acá aparece también una enseñanza muy franciscana.
San Francisco de Asís descubrió que la verdadera riqueza no estaba en acumular, sino en ser libre para amar. Dejó atrás seguridades para abrazar el Evangelio y encontró una riqueza mucho más grande: los hermanos, la fraternidad, la creación, el servicio y la alegría de vivir confiando en Dios.
La pobreza franciscana no es simplemente no tener cosas. Es no dejar que las cosas ocupen el lugar de Dios.
Es poder decir:
Señor, esto que tengo lo recibí de vos.
Ayudame a usarlo bien.
Ayudame a compartirlo.
Ayudame a no aferrarme.
Que nunca tenga tanto miedo de perder mis cosas que termine perdiendo a mis hermanos.
También nosotros, como hermanos de una fraternidad, estamos llamados a revisar esto.
Una fraternidad no crece cuando cada uno piensa solamente en lo suyo. Crece cuando aprendemos a compartir tiempo, dones, capacidades, preocupaciones y alegrías.
A veces tenemos poco, pero si lo compartimos, alcanza.
Una palabra puede alcanzar.
Un mate puede alcanzar.
Una visita puede alcanzar.
Un mensaje puede alcanzar.
Un abrazo puede alcanzar.
Una escucha sincera puede alcanzar.
Hay personas que no necesitan que les demos dinero. Necesitan que alguien se siente a su lado y les diga: «No estás solo».
Y quizás ahí también esté la riqueza que Jesús quiere mostrarnos.
Porque al final de nuestra vida no nos llevaremos las cosas que acumulamos. No nos llevaremos el dinero, los títulos, las propiedades ni el reconocimiento.
Nos llevaremos el amor que dimos y recibimos.
Por eso Jesús termina diciendo:
«Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros».
El mundo muchas veces mide el éxito de una manera. Mira cuánto tenemos, cuánto ganamos, qué lugar ocupamos, cuánta gente nos conoce.
Jesús mira de otra manera.
Mira el corazón.
Mira al que sirve sin que nadie lo vea.
Mira al que comparte lo poco que tiene.
Mira al que perdona.
Mira al que acompaña.
Mira al que permanece junto al hermano cuando todos los demás se fueron.
Mira al que, teniendo poco, sabe dar mucho.
Por eso este Evangelio no debería dejarnos con miedo, sino con una pregunta profunda y sencilla:
¿Soy dueño de mis cosas o mis cosas son dueñas de mí?
«Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible».
Cuando sentimos que no podemos cambiar, Dios puede.
Cuando sentimos que no podemos perdonar, Dios puede.
Cuando sentimos que no podemos desprendernos, Dios puede.
Cuando sentimos que tenemos miedo de confiar, Dios puede.
Cuando pensamos que tenemos que tenerlo todo asegurado para ser felices, Dios puede mostrarnos que la verdadera seguridad está en sus manos.
Pidámosle hoy al Señor un corazón libre. Un corazón que no se aferre. Un corazón que sepa agradecer lo que tiene, compartirlo con alegría y caminar confiando.
Porque quizás la verdadera riqueza no sea tener mucho, sino necesitar poco para ser feliz y tener mucho amor para compartir.
Y ahí, seguramente, descubriremos que cuando dejamos algo por Jesús, en realidad no estamos perdiendo.
Estamos haciendo espacio para recibir algo mucho más grande.
Paz y bien queridos hermanos
Equipo de Prensa y Difusión
Región Cuyo

