Evangelio del día: Marcos 25, 1-13
28.08.2026

Evangelio según San Mateo 25,1-13
Por eso, el Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo.
Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.
Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite,
mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos.
Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas.
Pero a medianoche se oyó un grito: 'Ya viene el esposo, salgan a su encuentro'.
Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas.
Las necias dijeron a las prudentes: '¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?'.
Pero estas les respondieron: 'No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado'.
Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.
Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: 'Señor, señor, ábrenos',
pero él respondió: 'Les aseguro que no las conozco'.
Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.
Palabra del Señor
Reflexión: Aprender nuevamente a esperar
Vivimos en un tiempo en el que pareciera que ya no hay lugar para la palabra “esperar”. Todo lo queremos ahora, inmediatamente. Mandamos un mensaje y esperamos que nos respondan enseguida. Hacemos una compra y queremos recibirla cuanto antes. Buscamos una respuesta y queremos tenerla ya. Apretamos un botón y esperamos que todo suceda.
Nos hemos acostumbrado tanto a la rapidez que, muchas veces, esperar nos pone nerviosos, nos incomoda y hasta nos desespera.
Y, sin embargo, este Evangelio nos invita justamente a recuperar algo que nuestra sociedad parece haber olvidado: la importancia de saber esperar.
Esperar no significa quedarse de brazos cruzados. Esperar no es perder el tiempo. Esperar tampoco significa resignarse.
Esperar es preparar el corazón.
Las jóvenes del Evangelio tuvieron que esperar. El esposo se demoraba y la espera se hizo larga. Tanto, que todas se quedaron dormidas. Y quizás allí hay algo muy cercano a nuestra propia vida.
Porque también nosotros esperamos muchas cosas.
Esperamos que cambie una situación familiar. Esperamos una respuesta. Esperamos que llegue una oportunidad. Esperamos que alguien vuelva. Esperamos que una herida deje de doler. Esperamos que una enfermedad mejore. Esperamos que aparezca ese trabajo que necesitamos. Esperamos que una relación se reconstruya. Esperamos que Dios nos muestre por dónde seguir.
Y muchas veces, en medio de esa espera, nos cansamos.
Nos preguntamos: “¿Hasta cuándo?”
Y cuando la espera se hace demasiado larga, podemos comenzar a perder la esperanza.
Pero Jesús nos muestra que la espera también puede ser un tiempo de preparación.
No podemos controlar cuándo llegará aquello que esperamos, pero sí podemos decidir cómo queremos encontrarnos cuando llegue.
Eso es lo que significa estar preparados.
No se trata de vivir con miedo, pensando que en cualquier momento Dios nos va a pedir cuentas. Se trata de vivir con el corazón despierto, atento, dispuesto.
Porque podemos esperar una oportunidad y no estar preparados para aprovecharla.
Podemos esperar una reconciliación y no haber trabajado nuestro orgullo.
Podemos esperar que alguien vuelva a acercarse y seguir guardando resentimiento.
Podemos pedirle a Dios una nueva oportunidad y, al mismo tiempo, continuar viviendo de la misma manera.
La espera verdadera nos transforma.
Mientras esperamos, algo tiene que pasar dentro de nosotros.
Tenemos que crecer.
Aprender.
Sanar.
Perdonar.
Madurar.
Confiar.
Por eso, quizás la pregunta no sea solamente: “¿Qué estoy esperando?”, sino también: “¿Qué estoy haciendo mientras espero?”
Porque hay esperas que nos hacen crecer y otras que nos consumen.
Podemos pasar meses esperando que algo cambie mientras dejamos que la tristeza nos gane. Podemos esperar una respuesta mientras llenamos nuestra cabeza de pensamientos negativos. Podemos esperar que alguien nos valore mientras nosotros mismos dejamos de valorarnos.
Y ahí necesitamos detenernos.
La espera no puede convertirse en una habitación donde encerramos nuestra vida.
Tenemos que seguir viviendo.
Seguir amando.
Seguir sirviendo.
Seguir caminando.
Seguir haciendo el bien.
Seguir confiando, aunque todavía no veamos el resultado.
En nuestra época queremos resultados inmediatos. Nos cuesta aceptar los procesos. Queremos sanar rápido, resolver rápido, olvidar rápido, reconstruir rápido.
Pero hay cosas que necesitan tiempo.
Un corazón herido necesita tiempo. Una relación necesita tiempo. La confianza necesita tiempo. La fe también necesita tiempo.
Y Dios muchas veces trabaja justamente allí, en esos tiempos que nosotros quisiéramos saltear.
Por eso es tan importante cuidar nuestra lámpara.
Porque nadie sabe cuánto durará la espera.
Quizás hoy sentimos que Dios está tardando demasiado. Quizás estamos atravesando una noche larga. Pero que la noche sea larga no significa que no vaya a amanecer.
Lo importante es que, mientras esperamos, no dejemos apagar la luz que llevamos dentro.
Que no se apague nuestra capacidad de amar.
Que no se apague nuestra esperanza.
Que no se apague nuestra ternura.
Que no se apague nuestra fe.
Que no se apague la capacidad de creer que todavía puede haber algo bueno después de un momento difícil.
Y estar preparados también significa estar atentos a las pequeñas llegadas de Dios.
Porque muchas veces esperamos que Dios llegue de una determinada manera y no reconocemos que ya está pasando por nuestra vida.
Puede llegar en una persona que nos llama justo cuando más solos nos sentíamos.
En alguien que nos pide ayuda.
En un abrazo.
En una palabra.
En una oportunidad para volver a empezar.
En alguien que nos ofrece perdón.
En una comunidad que nos sostiene.
En una puerta que se abre después de muchas que estuvieron cerradas.
Dios también llega en lo cotidiano, y necesitamos tener el corazón preparado para reconocerlo.
Quizás este Evangelio nos invita hoy a volver a aprender a esperar.
A no querer tener todo resuelto inmediatamente.
A comprender que algunas cosas necesitan su tiempo.
A confiar un poco más.
A trabajar mientras esperamos.
A amar mientras esperamos.
A sanar mientras esperamos.
A rezar mientras esperamos.
A prepararnos mientras esperamos.
Porque algún día aquello que estamos esperando llegará, y entonces será importante descubrir qué hizo la espera con nosotros.
Ojalá no nos encuentre amargados, cerrados y llenos de resentimiento.
Ojalá nos encuentre con una lámpara encendida.
Tal vez cansados, sí.
Tal vez con algunas lágrimas.
Tal vez con heridas.
Tal vez con muchas preguntas todavía sin respuesta.
Pero con la luz encendida.
Porque estar preparados no significa tener una vida perfecta; significa tener el corazón dispuesto para cuando Dios nos salga al encuentro.
Y mientras esperamos, sigamos caminando.
Porque esperar en Dios no es quedarse quietos.
Es caminar con esperanza hacia aquello que todavía no vemos.
Oración
Señor, enseñanos a esperar con paciencia y esperanza.
Cuando la espera nos canse, fortalecé nuestro corazón.
Que sepamos prepararnos sin miedo, confiando en tus tiempos,
y que nuestra lámpara nunca deje de iluminar el camino.
Ayudanos a estar atentos para reconocerte cuando llegues
y a seguir caminando con fe, aun cuando no veamos la respuesta.
Amén.

