Evangelio del día: Lucas 6, 6-11

07.09.2026
Evangelio según San Lucas 6,6-11


Otro sábado, entró en la sinagoga y comenzó a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada.Los escribas y los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si curaba en sábado, porque querían encontrar algo de qué acusarlo.Pero Jesús, conociendo sus intenciones, dijo al hombre que tenía la mano paralizada: "Levántate y quédate de pie delante de todos". El se levantó y permaneció de pie.Luego les dijo: "Yo les pregunto: ¿Está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?".Y dirigiendo una mirada a todos, dijo al hombre: "Extiende tu mano". El la extendió y su mano quedó curada.Pero ellos se enfurecieron, y deliberaban entre sí para ver qué podían hacer contra Jesús.
 
Palabra del Señor.

Reflexión

Hay momentos en la vida en los que necesitamos que alguien nos ayude a volver a levantarnos. No necesariamente porque estemos caídos físicamente, sino porque hay situaciones que nos van dejando sin fuerzas, heridas que nos paralizan, problemas que nos hacen perder la confianza, palabras que nos lastimaron y hasta experiencias que nos hacen pensar que ya no podemos seguir adelante.

A veces uno sigue caminando, trabaja, cumple con sus responsabilidades, sonríe, conversa con los demás… pero por dentro hay algo que quedó detenido. Una parte de nosotros dejó de moverse. Y muchas veces nadie lo ve.

Jesús sabe mirar justamente ahí.

No se queda en las apariencias. No mira solamente lo que mostramos hacia afuera, sino que descubre aquello que llevamos en el corazón y que quizás ni siquiera sabemos cómo expresar. Su manera de acercarse a la persona no es desde el juicio ni desde el reproche, sino desde la posibilidad de una vida nueva.

Y hay algo muy hermoso en este encuentro: Jesús no trata a aquel hombre como un problema. Lo pone nuevamente en el centro, le devuelve dignidad, le permite estar delante de los demás sin tener que esconder aquello que lo hacía diferente.

Cuántas veces nosotros, como comunidad y como Iglesia, podemos hacer lo contrario sin darnos cuenta. Podemos acostumbrarnos a mirar primero lo que una persona hizo mal, lo que le falta, sus errores, sus limitaciones, su pasado o aquello que no encaja con nuestras expectativas. Y mientras nosotros estamos mirando todo eso, quizás el hermano simplemente está necesitando que alguien lo mire con cariño y le diga: “Todavía podés levantarte. Todavía hay vida en vos. Todavía podés extender la mano.”

Porque hacer el bien no puede esperar.

El amor verdadero no siempre llega en el momento perfecto ni se ajusta a nuestros tiempos. A veces aparece en medio del cansancio, del conflicto, de la incomodidad o cuando las cosas no están dadas como nosotros quisiéramos. Pero justamente ahí se descubre qué lugar ocupa realmente el otro en nuestra vida.

Podemos conocer muchas normas, tener buenas intenciones, participar de muchas actividades religiosas y hasta hablar mucho de Dios. Pero si en el camino dejamos de mirar al hermano que sufre, algo esencial se nos está escapando.

La fe tiene que ayudarnos a ser más sensibles, no más duros. Tiene que abrirnos los ojos para descubrir al que está solo, al que necesita una palabra, al que perdió el trabajo, al que está enfermo, al que atraviesa una crisis familiar, al joven que no encuentra su lugar, al anciano que se siente olvidado, al que se equivocó y tiene miedo de volver, al que necesita simplemente que alguien se siente a su lado.

También nosotros necesitamos aprender a extender nuestras propias manos.

Porque muchas veces queremos recibir de Dios una respuesta, pero nos cuesta convertirnos nosotros mismos en respuesta para alguien. Pedimos que el Señor ayude, que acompañe, que sane, que consuele… y quizás Dios está esperando nuestras manos, nuestro tiempo, nuestra escucha, nuestra presencia.

Una mano extendida puede ser mucho más que un gesto. Puede ser una oportunidad. Puede significar: “No estás solo.”
Puede decir: “Estoy acá.”
Puede expresar: “No te voy a juzgar.”
Puede convertirse en una pequeña luz para alguien que está atravesando una noche difícil.

Y esto nos toca especialmente como hermanos. La vida fraterna no consiste solamente en compartir encuentros, celebraciones o proyectos. La fraternidad se juega también cuando alguien está atravesando un momento difícil y nosotros decidimos no mirar para otro lado.

Francisco de Asís entendió muy bien que encontrarse con el hermano significa salir de uno mismo. Mirar al otro con compasión, acercarse, acompañar y descubrir que allí también está Dios llamándonos.

Quizás hoy el Señor nos invita a preguntarnos sinceramente: ¿Qué está paralizado en mí? ¿Qué parte de mi vida necesito volver a poner en sus manos?

Tal vez sea una relación que hace tiempo necesita ser sanada. Tal vez sea el perdón que todavía no pudimos dar. Tal vez sea una tristeza que escondemos detrás de una sonrisa. Tal vez sea el miedo a comenzar nuevamente. Tal vez sea una herida antigua que todavía condiciona nuestras decisiones.

Pero también podemos preguntarnos algo más: ¿Quién necesita hoy de mi mano extendida?

Quizás está mucho más cerca de lo que pensamos.

Que no pasemos por la vida mirando solamente lo que está mal. Que aprendamos a descubrir dónde podemos hacer el bien. Que nuestras comunidades sean lugares donde nadie tenga que esconder sus heridas para sentirse aceptado. Que nuestros hermanos encuentren en nosotros un corazón dispuesto a acompañar y no una mirada que condena.

Porque al final, el Evangelio nos vuelve a llevar a lo esencial: la persona está antes que nuestras comodidades, el amor está antes que el orgullo y hacer el bien siempre vale la pena.

Que Jesús nos enseñe a mirar como Él mira, a acercarnos como Él se acerca y a tener el corazón disponible para levantar a quien lo necesita.

Y que podamos terminar este día con una decisión sencilla pero concreta: si encontramos a alguien que necesita una mano, no pasemos de largo. Extendámosla.

Paz y bien.

Oración 

 

Señor Jesús,
hoy nos acercamos a vos con nuestras heridas, nuestros cansancios y todo aquello que llevamos en el corazón.


Ayudanos a reconocer lo que está paralizado dentro nuestro y danos fuerza para levantarnos, volver a empezar y confiar en vos.

Enseñanos a mirar a nuestros hermanos con amor, sin juzgar ni pasar de largo frente a quien necesita una palabra, una ayuda o simplemente nuestra presencia.

Hacé de nosotros manos que acompañan, corazones que consuelan y vidas dispuestas a servir.

Como Francisco, que sepamos descubrirte en cada hermano, especialmente en quien más necesita de nuestra cercanía.

Señor, tomá nuestras manos y nuestra vida. Saná lo que necesita ser sanado y hacenos instrumentos de tu amor.

Amén.
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