Evangelio del día: Lucas 6, 1-5

05.09.2026
Evangelio según San Lucas 6,1-5
 
Un sábado, en que Jesús atravesaba unos sembrados, sus discípulos arrancaban espigas y, frotándolas entre las manos, las comían.
Algunos fariseos les dijeron: "¿Por qué ustedes hacen lo que no está permitido en sábado?".
Jesús les respondió: "¿Ni siquiera han leído lo que hizo David cuando él y sus compañeros tuvieron hambre,
cómo entró en la Casa de Dios y, tomando los panes de la ofrenda, que sólo pueden comer los sacerdotes, comió él y dio de comer a sus compañeros?".
Después les dijo: "El hijo del hombre es dueño del sábado".

 

Palabra del Señor...

Reflexión

Hay momentos en la vida en los que podemos estar tan pendientes de cumplir con todo, de hacer las cosas “como corresponde”, de respetar cada norma y cada costumbre, que podemos terminar olvidándonos de algo mucho más importante: la persona que tenemos delante.

La Palabra de hoy nos invita a mirar la vida con un corazón más amplio. Jesús no quiere una fe que se convierta en una carga, ni una religión que nos haga perder la capacidad de mirar al hermano con compasión. Nos enseña que Dios no está buscando personas perfectas en el cumplimiento de reglas, sino corazones capaces de amar, comprender, acompañar y hacer el bien.

Qué fácil es juzgar desde afuera. A veces vemos lo que hace otro y enseguida pensamos: “Eso no está bien”, “así no se hace”, “debería haber hecho otra cosa”. Pero no siempre conocemos lo que está viviendo esa persona, sus luchas, sus necesidades, sus heridas o las razones que la llevaron a actuar de determinada manera.

Jesús nos propone otra mirada. Una mirada que no empieza preguntando: “¿Cumplió?”, sino que se anima a preguntar: “¿Qué necesita?”. Una mirada que no busca condenar rápidamente, sino comprender. Una mirada que no se queda en las apariencias, sino que intenta descubrir la realidad del corazón.

Esto es muy importante también para nuestras comunidades, nuestras familias y nuestras fraternidades. Podemos tener normas, horarios, responsabilidades, formas de hacer las cosas y tradiciones que nos ayudan a caminar. Todo eso tiene su valor. Pero ninguna norma puede estar por encima del amor.

Porque cuando una norma deja de ayudarnos a encontrarnos con Dios y empieza a alejarnos del hermano, tenemos que detenernos y preguntarnos qué estamos haciendo.

Podemos ser muy cumplidores y, al mismo tiempo, tener un corazón duro. Podemos participar de muchas cosas, rezar mucho, conocer muchas palabras religiosas y, sin embargo, pasar al lado de alguien que está sufriendo sin detenernos. Y también puede suceder lo contrario: una persona que quizá no hace todo perfectamente, pero que sabe acompañar, escuchar, perdonar, compartir y tender una mano.

Jesús nos lleva al centro de todo: el amor.

Y el amor verdadero muchas veces nos hace salir de nuestros esquemas. Nos invita a mirar más allá de lo establecido, a tener paciencia, a saber esperar, a comprender los procesos de los demás. Nos recuerda que cada persona tiene una historia y que nadie puede ser reducido a un error, a una falta o a una situación determinada.

También nosotros necesitamos experimentar esa misericordia. Porque seguramente hubo momentos en los que alguien nos juzgó sin conocernos, sacó conclusiones demasiado rápidas o se quedó solamente con aquello que hicimos mal. Y qué diferente se siente cuando alguien se acerca y nos dice: “Te entiendo”, “estoy con vos”, “vamos a salir adelante”.

Eso es lo que Jesús nos enseña a hacer con los demás.

No se trata de que todo dé lo mismo. Se trata de poner cada cosa en su lugar. El bien, la justicia, la verdad y las normas son importantes, pero siempre tienen que estar al servicio de la vida y del amor.

Qué lindo sería que nuestras comunidades fueran espacios donde las personas puedan acercarse sin miedo a ser juzgadas. Lugares donde podamos reconocer nuestras fragilidades y, aun así, sentirnos recibidos. Lugares donde alguien que está cansado pueda encontrar una palabra de aliento; donde quien se equivocó pueda tener una oportunidad para levantarse; donde quien está solo pueda encontrar compañía.

A veces creemos que evangelizar es enseñar muchas cosas. Pero quizás una de las formas más hermosas de anunciar a Jesús sea simplemente aprender a mirar como Él mira.

Mirar al que está cerca.

Mirar al que pensamos diferente.

Mirar al que se equivocó.

Mirar al que está atravesando un momento difícil.

Mirar incluso a quien nos cuesta querer.

Y preguntarnos: “¿Qué haría el amor en esta situación?”

También podemos llevar esta pregunta a nuestra propia vida. Porque a veces somos muy exigentes con nosotros mismos. Nos castigamos por nuestros errores, nos reprochamos constantemente lo que no pudimos hacer y sentimos que nunca alcanzamos.

Jesús también nos enseña a tratarnos con misericordia. Dios no se acerca a nosotros con una lista para ver cuánto fallamos. Se acerca como Padre, dispuesto a levantarnos y ayudarnos a comenzar nuevamente.

Por eso, hoy podríamos dejar que esta Palabra nos ayude a revisar nuestro corazón.

Quizás tenemos que aprender a juzgar menos y comprender más.

Quizás necesitamos escuchar antes de responder.

Quizás tenemos que dejar de mirar solamente lo que falta y comenzar a valorar lo que sí hay.

Quizás alguien necesita de nosotros una mano, una visita, un mensaje, un mate compartido, una palabra sencilla, un abrazo.

Y quizás también nosotros necesitamos aceptar que no siempre podemos solos, que está bien pedir ayuda y que necesitamos dejarnos acompañar.

La fe no puede alejarnos de la vida concreta. Al contrario, tiene que ayudarnos a vivirla con un corazón más sensible.

Que nunca nos pase que por querer hacer las cosas perfectamente terminemos olvidando a quien tenemos al lado.

Que nuestras celebraciones, nuestras oraciones, nuestras responsabilidades y todo lo que hacemos en nombre de Dios nos lleven siempre a amar más, servir más y cuidar más al hermano.

Porque al final, cuando todo lo demás pasa, queda aquello que hicimos desde el amor.

Y quizás hoy Jesús nos vuelve a decir, con mucha sencillez: no pierdas de vista lo verdaderamente importante.

No pierdas la ternura.

No pierdas la compasión.

No pierdas la capacidad de ayudar.

No pierdas la alegría de compartir.

No pierdas al hermano por quedarte solamente con la norma.

Que el Señor nos conceda un corazón libre, sencillo y misericordioso; un corazón que sepa reconocer lo esencial y que pueda descubrir, en cada persona y en cada situación, una oportunidad concreta para amar. 

Bendecido día 

Paz y bien .

Oración

Señor Jesús,danos un corazón sencillo y misericordioso.Que sepamos mirar a los demás con amor,comprender antes de juzgary poner siempre a la persona por encima de nuestras diferencias.

Ayudanos a vivir una fe cercana,que se transforme en gestos concretos de servicio,compasión y fraternidad.
Amén.

 

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