Evangelio del día: Lucas 4, 31-37

01.09.2026
Evangelio según San Lucas 4,31-37
 
Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y enseñaba los sábados.
Y todos estaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad.
En la sinagoga había un hombre que estaba poseído por el espíritu de un demonio impuro; y comenzó a gritar con fuerza;
"¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios".
Pero Jesús lo increpó, diciendo: "Cállate y sal de este hombre". El demonio salió de él, arrojándolo al suelo en medio de todos, sin hacerle ningún daño.
El temor se apoderó de todos, y se decían unos a otros: "¿Qué tiene su palabra? ¡Manda con autoridad y poder a los espíritus impuros, y ellos salen!".
Y su fama se extendía por todas partes en aquella región.

Palabra del Señor.
Reflexión

Hay momentos en la vida en los que necesitamos encontrarnos con una palabra que nos devuelva la calma, que nos ayude a ordenar lo que llevamos adentro y que nos recuerde que no estamos solos. A veces tenemos muchas cosas en la cabeza, preocupaciones, cansancio, miedos, heridas o situaciones que no sabemos cómo resolver. Y en medio de todo eso, Jesús se acerca.

Lo que llama la atención de Jesús es que su palabra tiene autoridad, pero no es una autoridad que impone, que grita o que humilla. Es la autoridad de quien ama, de quien conoce el corazón de las personas y quiere ayudarlas a recuperar su libertad y su dignidad.

También nosotros podemos vivir situaciones que, sin darnos cuenta, nos van quitando la paz. Puede ser un resentimiento que venimos guardando, una preocupación que no nos deja descansar, una tristeza que escondemos detrás de una sonrisa, una relación que nos hace daño, una culpa del pasado o simplemente ese cansancio que se va acumulando día tras día. A veces seguimos adelante como si nada pasara, pero por dentro sabemos que necesitamos que algo cambie.

Jesús no pasa de largo frente a esa realidad. Él se acerca y actúa. Y esto es muy importante: no viene a condenarnos por aquello que nos cuesta, sino a ayudarnos a recuperar la vida.

Quizás hoy necesitamos preguntarnos con sinceridad: ¿Qué cosas me están quitando la paz? ¿Qué necesito dejar en las manos de Jesús? ¿Qué tengo que soltar para poder vivir con más libertad?

Porque muchas veces queremos que Jesús transforme nuestra vida, pero nos cuesta entregarle aquello que nos duele. Queremos estar tranquilos, pero seguimos alimentando una bronca. Queremos sanar, pero seguimos mirando hacia atrás. Queremos empezar de nuevo, pero tenemos miedo de soltar lo conocido.

Jesús nos invita a confiar. No siempre significa que los problemas desaparezcan de un día para otro. Muchas veces significa que, aun en medio de las dificultades, descubrimos que tenemos una fuerza nueva para enfrentarlas.

Y hay algo más: después del encuentro con Jesús, aquella persona no queda abandonada. Jesús devuelve dignidad, libertad y esperanza. Ese también es nuestro llamado como hermanos y como comunidad. No estamos llamados solamente a hablar de Jesús, sino a ser presencia que acompaña, que escucha, que sostiene y que ayuda a otros a levantarse.

A veces una palabra nuestra puede hacer mucho bien. Un mensaje, una visita, un abrazo, escuchar sin juzgar, acercarnos a quien está solo o simplemente decirle a alguien: “Estoy con vos, contá conmigo”. Hay personas que necesitan experimentar, a través de nosotros, que Dios no se olvidó de ellas.

Como hermanos franciscanos, estamos invitados a llevar esa presencia sencilla y cercana a donde nos toque estar. No hace falta hacer grandes cosas. Muchas veces el Evangelio comienza en los pequeños gestos de cada día: en la familia, en la fraternidad, en el trabajo, en la parroquia, con nuestros vecinos y con aquellos que encontramos en el camino.

Pidámosle hoy al Señor que su palabra llegue también a esas zonas de nuestra vida donde todavía hay miedo, dolor o inquietud. Que nos dé el coraje para dejar atrás aquello que nos hace mal y la humildad para aceptar que muchas veces necesitamos ayuda.

Y que podamos ser también nosotros una palabra de esperanza para alguien que está pasando un momento difícil.

Porque cuando Jesús entra verdaderamente en nuestra vida, no nos quita lo que somos: nos ayuda a recuperar lo mejor de nosotros mismos. Nos devuelve la paz, nos pone nuevamente de pie y nos enseña a caminar con confianza.

 

Oración 

Que hoy podamos decirle sencillamente: 
“Señor Jesús, entrá en mi vida. Tocá aquello que me duele, liberame de lo que me roba la paz y ayudame a caminar con un corazón nuevo. Y que yo también pueda ser para mis hermanos una presencia de amor, esperanza y fraternidad. Amén.”
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